sábado, 26 de octubre de 2013

ANÁLISIS DE "UNA ROSA PARA EMILY"

¿Qué sugiere el titulo?
“Una rosa para Emily” es un titulo que sugiere una persona particular, puesto que su nombre suena como el de una persona dulce; pero al escuchar su apellido pareciera que es algo tenebroso. 
El titulo nos anuncia que se hablara de una mujer algo misteriosa.

Sintaxis 
Este cuento es narrado desde una prolepsis es decir que el autor piensa hacia delante los hechos que narra, sin embargo se analiza una analepsis, es decir un retroceder en los hechos que recuerda y que propiamente narra; pero también de los que omite ya que para atraer la atención del lector economiza información en el relato.

Polisemia
Al título como tal, manifiesta polisemia, puesto que al leerlo nos remitimos a lo que posiblemente se hablara, en este caso, una mujer particular, la flor puede significar muerte o amor o amistad, el elemento de la rosa le da una ambigüedad .

Anclaje externo
Este cuento se desarrolla en dos temáticas, una política como el tiempo de opresión cuando se quieren imponer nuevas leyes. 
Dentro del contexto, nos quiere dar a conocer como actuaban estos políticos al llegar al poder y de cómo para obligarlos además a cumplir, se vale de todas las artimañas habidas y por haber, por otro lado se da una temática social, que hace énfasis en cómo estos personajes del vecindario se comportan con su vecina estando pendiente de ella todo el tiempo como dando a conocer esa curiosidad constante del ser humano.

¿Cómo se relaciona con el resto del cuento?
La relación que guarda el título con el resto del cuento es casi que intima, ya que en este se da la visión del personaje principal, que es una mujer de la cual se habla durante todo el cuento.

Anclaje interno
Una rosa para Emily, alude a un elemento principal que es la vida de esta persona que es una mujer muy extraña, que permanece distanciada de sus vecinos , que no paga impuestos, que se encierra, que sufre situaciones cotidianas pero que sin embargo es un personaje con una expresión un poco desconcertante.
También se narra la presencia de un cadáver en un cuarto pero que nunca se dice que le sucede, el mechón de cabello grisáceo, el mal olor que expedía la casa, el no abrir la puerta en mucho tiempo. 

Emily Grieson: mujer pequeña, gorda, viste de negro, tenía una delgada cadena de oro, usaba bastón de ébano con cabeza de oro, color pálido, descortés, su voz seca y fría. 
Había sido una tradición, un deber,  un cuidado, una especie de obligación hereditaria sobre el pueblo. Ejemplo: Fue absuelta de pagar impuesto por parte del coronel Sartoris.

Relación del inicio con el final:
El inicio de este cuento da una perspectiva de la mujer personaje principal del cual se está hablando y la cual le suceden una serie de acontecimientos, que le dan interés a la narración, por supuesto, el final de la historia aborda la muerte de este personaje.

Narrador:
Es posible decir, que este autor cuenta un asesinato que pasa; en el cual no enfatiza y para darle más intensidad a la narración deja este dato en hiperbaton que nunca se nos revela, permitiéndonos a nosotros como lectores darles las posibles interpretaciones que queramos. Narrador omnisciente.

Focalización: existen en esta narración muchas lagunas, muchos datos de intensidad dados en datos circunstanciales algunos que se revelan en el transcurrir de la narración pero otros que no, estos datos circunstanciales que no se revelan nos dan la oportunidad de recrear lo que sucede a través de los interrogantes.

Final: este cuento tiene un final propio de los cuentos que terminan sin terminar, el autor opta por una economía dentro del relato conjugándolo con algunos datos verosímiles como el polvo, la curiosidad de la gente sobre todo de las mujeres, el veneno, se narra una historia dentro de otra en este caso la de Homer Barron,  el cual se infiere que puede ser el cadáver que se halla en la habitación y la propia de Emily,  entonces es válido decir que esta narración es enmarcada dentro de otra, logra pues que el lector se enganche con el cuento y que al llegar al mismo queda con esa incertidumbre de que pudo pasar con estos personajes, no queda claro porque muere Emily, en conclusión se logra atrapar al lector y mantenerlo.




viernes, 25 de octubre de 2013

"UNA ROSA PARA EMILY" - TEXTO

I
Cuando murió la señorita Emily Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emily, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emily había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emily fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emily había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emily podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emily por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emily, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emily entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emily-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos...
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emily...
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.
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II
Así pues, la señorita Emily venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emily acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emily; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emily que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace...
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emily de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emily y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emily, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emily. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emily, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emily ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emily. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emily y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emily rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
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III
La señorita Emily estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena...
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emily en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler...
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emily tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige- y exclamaban:
“¡Pobre Emily! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emily tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emily!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de...?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emily!”
Por lo demás, la señorita Emily seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emily!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emily? ¿Es para las ratas? Yo le recom...
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea...?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emily continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. El droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emily abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
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IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emily!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emily con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos....
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emily pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emily tenía en Alabama....
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emily había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emily tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emily había sido....
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emily para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer....
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emily por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él....
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emily había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven....
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emily les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emily fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emily el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emily pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
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V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emily llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emily yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emily descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

William Faulkner (1897-1962).


LA NOVELA DEL SIGLO XX

El inicio del siglo XX trajo consigo cambios que afectarían a la vida diaria de las personas y también de la novela. El nacimiento del psicoanálisis, la lógica de Wittgenstein y Russell, del relativismo y los avances de la lingüística provocan que la técnica narrativa intente también adecuarse a una nueva era. Las vanguardias en las artes plásticas y la conmoción de las dos guerras mundiales, también tienen un gran peso en la forma de la novela del siglo XX.

Por otro lado, la producción de novelas y de los autores que se dedican a ellas vio en este siglo un crecimiento tal, y se ha manifestado en tan variadas vertientes que cualquier intento de clasificación será sesgado.

La novela del siglo XX recoge, como no podía ser menos, algunos elementos del siglo anterior que fundamentarán muchas de sus características. La evolución del pensamiento filosófico, las ideas sociales, las teorías políticas y el progreso científico contribuyeron a crear una nueva orientación de la novela hacia 1870, y serán autores paradójicamente poco leídos en su tiempo los que van poniendo en marcha radicales ataques a la imagen vigente del mundo.

Sin embargo, a pesar de todos los contactos e influencias, el siglo XX alumbrará una forma de hacer novela emancipada de las fórmulas tradicionales; deja de ser puro entretenimiento para convertirse en testimonio de conocimiento, preocupación intelectual y reflejo de profundos problemas humanos.

Pero, más importante que el enriquecimiento temático resultará la renovación técnica, el cambio radical de la estructura: desplazamiento del punto de vista narrativo, enfoque de una acción desde distintas perspectivas, ruptura de la secuencia temporal, contrapunto, monólogo interior, etc.

Características:

  • El narrador omnisciente, controlador de tiempo, espacio y sentimientos, deja paso a un narrador dubitativo, frecuentemente en primera persona. La duda se traslada al lector mediante el escepticismo o los titubeos del narrador.
  • El punto de vista, para alejarse de lo narrado, el narrador adopta diferentes puntos de vista, tan pronto desarrolla los hechos en calidad de testigo o transcriptor como se incorpora el monólogo interior, se especula o se documenta con la meticulosidad del periodista o el historiador.
  • El tiempo y el espacio: El tiempo desaparece hasta el punto de ocuparse de unos meses, un día o un breve instante. Prima el espacio, incorporado con múltiples detalles u operando con valor simbólico. Lo narrativo cede ante lo descriptivo. El tiempo es relativo, fragmentario y caótico.
  • El escenario, la ciudad se convierte en el escenario por excelencia donde se mueven esos personajes. Su función no es de simple escenario, sino que incluso llega a ser el verdadero protagonista.
  • Los personajes, se centra más en ellos que en los hechos, el protagonista no es un héroe, sino un anti-héroe que ha quedado desorientado, angustiado, anulado y sin destino en la ciudad. Un personaje redondo que, a veces, está teñido de autobiografismo y bajo cuya perspectiva psicológica se narra la acción; pero en otras ocasiones, forma parte de una masa.
William Faulkner (1897 – 1962)

Contexto cultural:

"Generación perdida" es el nombre que recibió un grupo de notables escritores estadounidenses que vivieron en París y en otras ciudades europeas en el periodo que va desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la Gran Depresión. Este grupo incluye a figuras como John Dos Passos, Ezra Pound, Erskine Caldwell, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck y Francis Scott Fitzgerald. Durante una conversación cotidiana, Gertrude Stein, amiga íntima de Hemingway, le dice: «You're all a Lost Generation». Esta expresión fue popularizada por Ernest Hemingway en sus obras Fiesta y París era una fiesta.

La Generación Perdida muestra en algunas de sus obras los efectos de la Gran Depresión de 1929. Entre ellas se pueden contar Las uvas de la ira de John Steinbeck, un libro que plasma los efectos de esta crisis en el campo estadounidense, su efecto en los campesinos.

Por otro lado, Manhattan Transfer de John Dos Pasos es una alegoría de la Tierra Prometida que termina engullendo a sus fundadores. Esta novela, junto con “El gran Gatsby de Fitzgerald” es probablemente la obra que mejor refleja el materialismo de la sociedad estadounidense que está a punto de sumergirse en el marasmo económico que daría lugar al Crack de 1929.

Características:
  • El pesimismo y desconcierto.
  • La inutilidad y la crueldad de la guerra.
  • Los felices años veinte.
  • La era del jazz.
  • La depresión económica.
  • La sociedad norteamericana en general.
  • Liberalismo y el radicalismo.






LAS VANGUARDIAS ARTÍSTICAS - TEMA

INTRODUCCIÓN:

EL VANGUARDISMO SE MANIFIESTA A TRAVÉS DE VARIOS MOVIMIENTOS QUE ABORDAN LA RENOVACIÓN DEL ARTE O LA PREGUNTA POR SU FUNCIÓN SOCIAL, DESPLEGANDO RECURSOS QUE QUIEBREN O DISTORSIONEN LOS SISTEMAS ACEPTADOS DE REPRESENTACIÓN O EXPRESIÓN ARTÍSTICA, EN TEATRO, PINTURA, LITERATURA, CINE ENTRE OTROS.

ESTOS MOVIMIENTOS ARTÍSTICOS RENOVADORES, EN GENERAL DOGMÁTICOS, SE PRODUJERON EN EUROPA DESDE 1905 HASTA EL FINAL DE LA II GUERRA MUNDIAL EN 1945, SE EXTENDIERON PRINCIPALMENTE HACIA AMÉRICA, EN DONDE SE ENFRENTARON AL MODERNISMO.

CARACTERÍSTICAS:

DESDE EL PUNTO DE VISTA CULTURAL, FUE UNA ÉPOCA DOMINADA POR LAS TRANSFORMACIONES, EL PROGRESO CIENTÍFICO Y TECNOLÓGICO CON LA APARICIÓN DEL AUTOMÓVIL Y DEL AVIÓN, EL CINEMATÓGRAFO, EL GRAMÓFONO, ETC. 
EL PRINCIPAL VALOR FUE EL DE LA MODERNIDAD, SUSTITUCIÓN DE LO VIEJO Y CADUCO POR LO NUEVO, ORIGINAL Y MEDIADO TECNOLÓGICAMENTE.

EN EL ÁMBITO LITERARIO ERA PRECISA UNA PROFUNDA RENOVACIÓN, DE ESTA VOLUNTAD DE RUPTURA CON LO ANTERIOR, DE LUCHA CONTRA EL SENTIMENTALISMO, DE LA EXALTACIÓN DEL INCONSCIENTE, DE LA LIBERTAD, DE LA PASIÓN DEL INDIVIDUALISMO, NACERÍAN LAS VANGUARDIAS EN LAS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XX.

UNA DE LAS CARACTERÍSTICAS VISIBLES FUE LA ACTITUD PROVOCADORA. SE PUBLICARON MANIFIESTOS EN LOS QUE SE ATACABA TODO LO PRODUCIDO ANTERIORMENTE, AL MISMO TIEMPO SE REIVINDICABA LO ORIGINAL, LO LÚDICO, DESAFIANDO LOS MODELOS Y VALORES EXISTENTES HASTA EL MOMENTO.

SURGEN DIVERSAS CORRIENTES LLAMADAS ISMOS, CON DIFERENTES FUNDAMENTOS ESTÉTICOS, AUNQUE CON DENOMINADORES COMUNES:
  • LA LUCHA CONTRA LAS TRADICIONES, PROCURANDO EL EJERCICIO DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL Y LA INNOVACIÓN.
  • AUDACIA Y LIBERTAD DE LA FORMA.
  • EL CARÁCTER EXPERIMENTAL Y LA RAPIDEZ CON QUE SUCEDEN LAS PROPUESTAS, UNAS TRAS OTRAS.
EN LITERATURA, Y CONCRETAMENTE EN LA POESÍA, SE ROMPIÓ TANTO CON LA ESTROFA, LA PUNTUACIÓN, LA MÉTRICA DE LOS VERSOS. SURGIÓ EL CALIGRAMA O POEMA ESCRITO DE MODO TAL QUE FORMARA IMÁGENES.

  • EL POETA/ ARTISTA/ ARQUITECTO VANGUARDISTA NO ESTABA CONFORME. COMO EL PASADO NO LE SERVÍA, TENÍA QUE BUSCAR UN ARTE QUE RESPONDIERA A ESTA NOVEDAD INTERNA QUE EL INDIVIDUO ESTABA VIVIENDO.
  • TENÍA QUE ABANDONAR LOS TEMAS VIEJOS, CARENTES DE SENTIDO Y SIN REPUESTAS.
  • EN LA POESÍA SE JUGABA CONSTANTEMENTE CON EL SÍMBOLO.
  • EL PUNTO DE VISTA DEL NARRADOR COMENZABA A SER MÚLTIPLE.
  • COMENZABA A PROFUNDIZAR EN EL MUNDO INTERIOR DE LOS PERSONAJES, PRESENTADOS A TRAVÉS DE SUS MÁS ESCONDIDOS ESTADOS DEL ALMA.
  • NO ERA EL TIEMPO CRONOLÓGICO LO QUE TENÍA IMPORTANCIA, SINO EL TIEMPO ANÍMICO, PUES SE LIMITABA A SUGERIR, EL AUTOR COMENZÓ A EXIGIR PRESENCIA DE UN LECTOR ATENTO QUE FUESE DESENTRAÑANDO LOS HECHOS PRESENTADOS Y FUESE ARMANDO INTELIGENTEMENTE LAS PIEZAS DE LA NOVELA DE NUESTRO TIEMPO.
CUBISMO:

EL CUBISMO NACIÓ EN FRANCIA EN 1906. SUS PRINCIPALES RASGOS SON LA ASOCIACIÓN DE ELEMENTOS IMPOSIBLES DE CONCRETAR, DESDOBLAMIENTO DEL AUTOR, DISPOSICIÓN GRÁFICA DE LA PALABRAS, SUSTITUCIÓN DE LO SENTIMENTAL POR EL HUMOR Y LA ALEGRÍA. EL RETRATO DE LA REALIDAD A TRAVÉS DE FIGURAS GEOMÉTRICAS.
La jalousie,  collagede 1914 del español Juan Gris.
LOS INSPIRADORES DEL MOVIMIENTO FUERON PABLO PICASSO Y GEORGES BRAQUE. 
DENTRO DE LAS TÉCNICAS USADAS SE ENCUENTRA EL COLLAGE Y PRINCIPALMENTE LA DESCOMPOSICIÓN DE LAS IMÁGENES EN FIGURAS GEOMÉTRICAS PARA REPRESENTAR EL OBJETO EN SU TOTALIDAD.
TUVO DOS ETAPAS:
  • UN CUBISMO ANALÍTICO, QUE BUSCABA LA DESCOMPOSICIÓN TOTAL DEL OBJETO,.
  • UN CUBISMO SINTÉTICO, EN EL CUAL SE DESCARTA LA PERSPECTIVA PARA PRESENTAR TODOS LOS PLANOS DEL OBJETO EN LA MISMA OBRA
EN LA POESÍA, SU ESTILO MÁS POPULAR FUE EL CALIGRAMA, CUYO PRINCIPAL EXPONENTE FUE GUILLAUME APOLLINAIRE.